Frustr - acción, esta es tu enfermedad

Y la mía y la de todas las personas que tienen una pulsión interior fuertísima, una vocación cristalina y algún que otro miedo al miedo y al fracaso a partes iguales.

Literalmente, el otro día en la ducha me di cuenta de que la frustración es realmente una palabra hija de dos padres con carácteres tremedamente distintos. El padre, frustado. La madre, acción.

De su unión resulta un engendro, un talante que está abocado al pesimismo justificado o no ante una situación porque no se ha llegado al objetivo esperado o porque ni siquiera ha habido una acción que pueda llegar a generar algún resultado.

Lo peor de la frustración no es que sea incómoda, sino que te impide tomar acción, porque ya queda frustrada como idea. Y, por ello, es la peor enfermedad espiritual autoinmune que puedes tener.

¿Quieres saber cómo me deshice de ella? Obligándome a actuar. Así de sencillo.

Duele, implica hacerme una cierta violencia, pero lo veo de esta manera: si fuera madre y mi hijo estuviera enfermo tendría que administrarle una medicina. Seguramente mi niño lloraría porque se siente mal y, encima, tiene que tomarse algo que sale mal, duele y no entiende qué es. La cuestión es que yo sí sé que esta medicina le va a curar y, como madre, tengo la obligación y la responsabilidad de generar ese pequeño sufrimiento de forma controlada para que pueda volver a tener una salud funcional.

Mira, hay momentos en la vida en los que no te puedes poner a pensar si las cosas son fáciles o difíciles. Todos sabemos que nadie regala nada, que todo cuesta y mucho. Mucho.

Así que ten un plan de vida, un plan de acción, sacrifícate por tus metas cuando sea necesario y descansa cuando lo necesites. Aprende a trabajar cansada y a descansar cuando todavía no lo estás, para no terminar bloqueándote.

Parece contradictorio, pero en el fondo se resume en lo siguiente: hazte cargo de tí misma y haz lo que sabes que tienes que hacer, desde el amor, no desde la violencia. Desde el conocimiento propio, con sabiduría y apretando las tuercas cuando sea necesario.

Y te pondré un ejemplo. Ahora mismo estoy sentada escribiendo este post, repasando la mentoría que tengo ahora con un artista admirable por su visión y por su trabajo. Me encantaría estar fuera, en la exposición que acabamos de inaugurar “Trazos de China y Japón”, comiendo ese jamón serrano tan rico y esa tortilla de aperitivo que hemos puesto y que me encanta. Pero no es el momento. He presentado el objetivo de la exposición, he saludado a los asistentes, incluso me he reído con alguno y he tenido la suerte de ver a antiguos compañeros de tatami que han venido a apoyar la inauguración. He comido un poco y sigo trabajando.

Ahora bien, ¿sabes una cosa? Esta noche me quedaré trabajando. Voy a apretar, voy a cumplir las cosas que tengo que hacer. Y cuando termine, no volveré a tocar el ordenador hasta el lunes por la tarde. En estos momentos estoy preparando muchas cosas y sé que tengo que meter la sexta marcha, pero cuando esté el deber cumplido, toca descansar. Y antes, he descansado. De hecho, ayer dormí el doble de lo que suelo dormir normalmente y en toda esta semana no he hecho nada, nada, nada, nada de ejercicio para poder descansar.

¿Ves? Equilibrio. Acción. Adaptación.

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